El bar estaba vacío cuando Teresa entró y se sentó en una mesita redonda. Solo ella y un señor que hojeaba el periódico apoyado en la barra eran los únicos clientes a esa hora tan temprana. Mientras tomaba su café, a Teresa le llegaban ráfagas de recuerdos felices de su infancia:
— ¡Papá, la pelota!
— ¡Toma, mi Princesa! ¡Chuta fuerte!
— ¡Allá va, papá!
— ¡Muy bien, mi princesa!
Su padre perdió la vida en los bombardeos alemanes aquella trágica mañana de 1936. Teresa observaba la calle a través de la ventana. Cuarenta años después de aquel trágico suceso, Madrid, afortunadamente, se veía muy diferente. La puerta del bar se abrió y el sonido de las campanillas la devolvió a la realidad.
— Disculpe, señora. El caballero que estaba en la barra le ha dejado esta nota — dijo el camarero entregándole el trozo de papel. El señor del periódico ya no estaba. La nota decía:
Te quiero, mi Princesa.
Papá.
TEXTO E ILUSTRACIÓN: © Jesús Román