Se había afinado la nariz como las de las presentadoras de televisión, porque los hombres también tienen derecho a gozar de una nanonariz de apariencia delicada. Había ordenado que le micropigmentaran los labios en color cereza madura y, ya puestos, los recortaran hasta dejárselos como los de una muñeca japonesa. Sus ojos pasaron del marrón al cian con una arriesgada técnica de láser. Después vino el aumento de mentón y el limado de pómulos; el injerto de pelo en cabeza, pestañas y cejas y, por paradójico que suene, la depilación definitiva de todo vello corporal visible y no visible. Tras la liposucción, la grasa desapareció por completo de su abdomen, piernas y brazos. El lifting de cuello lo dejó como un cisne. Lo de los dientes de porcelana le hizo estar a base de purés un mes entero, pero consiguió una sonrisa de anuncio. Las costillas flotantes le estorbaban para lograr la cintura deseada, por eso se las mandó quitar. Aunque la cirugía de los dedos de los pies y de las manos fue dolorosa, lo importante es cómo lucen de armoniosos hoy. Al señor Morán no le queda ya nada operable, incluso se ha hecho implantar unos chips en el cerebro para aumentar la memoria entre otras funciones cognitivas. Entonces, al poco de su última operación, recibe una llamada del Dr. Valdivio (su cirujano particular):
—Buenas tardes, señor Morán. Ese cuerpo ya no le pertenece. Como comprenderá, ahora es mío. Pasaré a buscarlo dentro de una semana. A usted, no. Al cuerpo.
—¿Es una broma? Ser el autor de mis cirugías no le convierte en dueño de nada. ¡Pagué una fortuna por ellas!
—Veo que no leyó la letra pequeña.
—¿Qué letra?
El doctor Valdivio le sugiere al señor Morán que vaya a buscar los contratos de corte y arreglo y lea con atención el párrafo escrito que aparece al final de cada hoja.
«Si supera el 80% de cirugías realizadas a manos del Dr. Valdivio, su cuerpo pasará a ser propiedad de Cirugías Cleopatra S.L.»
—Pero, yo no sabía que…
—Lea siempre la letra pequeña, señor Morán, siempre.
—Aún me queda el alma. ¡El alma es mía! —reclama el señor Morán.
—Haga lo que quiera con ella. El próximo lunes a primera hora pasaré a buscar el cuerpo.
Nada más colgar el teléfono, el señor Morán pone un anuncio en el periódico:
«Alma masculina de cincuenta y tres años busca cuerpo. A ser posible de nariz fina,
labios de muñeca, ojos color cian, mentón alargado, sonrisa de cine y que lea siempre la
letra pequeña. Urge».
ILUSTRACIÓN: Jesús Román
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