Salté al vacío desde el piso veinticinco. El golpe fue terrible, llenando la avenida de un ruido seco y breve de huesos rotos. Permanecí inmóvil por un rato, como una marioneta abandonada en un viejo baúl. Cuando recobré la conciencia, pude recomponer mi cuerpo, encajando mis articulaciones en su sitio. Sin dudarlo, eché a correr como un guepardo, arrasando todo a mi paso, hasta llegar a la terminal del aeropuerto. Tuve suerte y llegué a tiempo, pues la nave aún se encontraba en la pista de despegue. No podía perderlo. Era mi última oportunidad de escapar este planeta. Una vez sentado en mi asiento y con el cinturón firmemente abrochado, despegamos experimentando fuertes sacudidas, hasta dejar atrás esa atmósfera tóxica que nos envolvió durante cientos de años. Nos dirigíamos hacia la constelación ZAP74, un lugar desconocido en el universo compuesto de planetas poblados de árboles, donde podríamos respirar un aire limpio y fresco. Así nos lo aseguraron cuando compramos los pasajes. Espero que esta vez sea verdad. Y si al final resulta que no es así, ya qué más da.
