Recuerdo cuando me contabas que un ogro malvado nos tenía encerrados en una cabaña destartalada. Con la máquina de escribir cuentos, llenabas nuestro cautiverio escribiendo historias que después me leías y escenificábamos pintando caritas en nuestros dedos. Al anochecer, la escondías en el armario antes de que llegara el ogro malvado y nos viera jugando con ella a inventar historias. Nunca logré verlo. Para evitar que tuviera contacto con él, me enviabas muy pronto a la cama. Ahora, mientras te cuido, mamá, recuerdo aquella mañana en la que el ogro malvado no despertó. Oportunidad que aprovechamos para escapar tú, yo y nuestra máquina de escribir cuentos.
