Dual

Ya era tarde cuando el rey, desesperado, gritó el nombre de su hija en mitad del bosque a la tenue luz del alba. Sobre su castillo cayó el hechizo de un horrible brujo: el hijo del rey, a partir de los 15 años, viviría siendo un chico durante el día y una chica durante la noche. El príncipe Valerio se transformaría en Valeria antes de la puesta de sol, y justo al amanecer, Valeria abandonaría su bello cuerpo de mujer y volvería a su estado masculino. Esa transformación debía ocurrir siempre dentro del castillo. Si ocurriera fuera de sus muros, Valerio o Valeria se transformarían en un caracol, para siempre. El rey, avergonzado de gobernar en un reino maldito, ocultó a todos el terrible maleficio y mostraba en público únicamente al heredero en las horas de luz. A Valeria nunca la vio nadie. El rey obligaba a la joven a permanecer encerrada en sus aposentos y no salir hasta el amanecer, cuando adquiriera su apariencia masculina. El príncipe Valerio vivía una vida digna de un heredero: clases de geografía, equitación, formación militar, banquetes… mientras que Valeria quedó relegada a la oscuridad. Encerrada en los aposentos de la torre, leía novelas de caballería que robaba de la biblioteca en sus escapadas nocturnas por los pasillos del castillo. La princesa Valeria era una desconocida para todos. Nadie supo nunca de su existencia, excepto un joven pescador con el que la princesa se reunía cada noche en la oscuridad del bosque, desobedeciendo la prohibición de su padre. Esa noche, los amantes aún dormían abrazados cuando la luz del alba iluminó sus rostros exhaustos. La princesa Valeria dormía profundamente dentro de su caparazón. A lo lejos, una voz desesperada gritaba su nombre.

TEXTO E ILUSTRACIÓN: Jesús Román