Teníamos doce años y éramos inseparables. Él era intrépido e ingenioso, y arrugaba la nariz al reír. Yo, al contrario, era tímido, reservado y observador. Siempre trabajábamos en equipo: mientras yo limpiaba botas a señores que leían distraídos el periódico, él, con la agudeza de un ladrón habilidoso, les birlaba la cartera. En ese instante huíamos a toda prisa en direcciones opuestas para que no nos dieran caza y, más tarde, nos encontrábamos en el embarcadero para repartirnos el botín. Así transcurrían los días de aquel verano inolvidable de 1974.
Hasta que un día, después de una de nuestras persecuciones, llegué al embarcadero ileso, como siempre. Pasaron los minutos y las horas, y no se presentó.
Nunca más volvimos a vernos.
Ruego, por favor, me ayuden a encontrarlo: se llama Amadeo. Tiene treinta años. Es intrépido, ingenioso y arruga la nariz al reír.
Hasta que un día, después de una de nuestras persecuciones, llegué al embarcadero ileso, como siempre. Pasaron los minutos y las horas, y no se presentó.
Nunca más volvimos a vernos.
Ruego, por favor, me ayuden a encontrarlo: se llama Amadeo. Tiene treinta años. Es intrépido, ingenioso y arruga la nariz al reír.
A mi querido Jefri.
TEXTO: Jesús Román