Semilla

La sequía arrasó el poblado. A través de ritos implorábamos las lluvias hasta desfallecer. Una noche, entre la espesura del humo del fuego, surgieron dos niños resplandecientes. Seres  sin hambre, sin miedo, sin maldad. Aún no alcanzábamos a comprender que eran la primera colonización de niños índigo; almas sin raza, seres de conciencia pura, extrema sensibilidad y mirada luminosa, enviados desde un universo que quería restaurar planetas olvidados como el nuestro. Tampoco sospechábamos que el bebé que mi esposa apretaba contra su pecho acababa de abrir los ojos con esa misma luz.

Jesús Román